PENUMBRA - De Matías Ferri

Muchos dicen que al abandonar nuestro cuerpo terreno vemos a través de nuestros ojos la fugacidad de la vida como un juego de luces extraño y hermoso. Una suerte de despedida de nuestro ser corpóreo, para alcanzar así, lo que se encuentra detrás del enigmático velo de la muerte. Durante toda mi vida pensé que, llegado el momento de mi último suspiro, Eso era lo que iba a suceder.


Era de noche. Una noche otoñal cualquiera en el Instituto donde daba las clases nocturnas. El mismo Instituto donde, desde pequeño, transcurrí mi vida académica.


Veía por fuera de la ventana ese frondoso árbol soltar sus ultimas hojas amarillentas y débiles de temporada. El vidrio se empañaba muy de a poco y notaba que pese a la calefacción del sitio. Detrás de este cristalino vidrio el clima iba tornándose un poco mas frio cada hora que pasaba.

Alce mi vista hacia el alumnado. Uno levanto la mano tímidamente en medio del salón para realizar una consulta sobre el examen que estaban rindiendo. respondí sin importar de la ayuda que les estaba dando sobre las funciones lineales y trigonométricas. El alumno bajo los ojos a sus hojas cuadriculadas y aproveche el silencio sepulcral del momento para seguir contemplando el paisaje que, poco a poco, la ausencia del Dios Febo en el cielo, hacia desaparecer. No sabia por qué. Pero había algo extraño, algo que me intrigaba en la noche del otro lado del vidrio. Los pasillos estaban un poco mas silenciosos que de costumbra. Las luces de los salones eran un poco mas oscuras y los docentes que me acompañaban en la ardua tarea académica estaban más callados. Era uno de esos días grises y sumamente tristes sin falta de motivo o razón alguna.


Alrededor de las nueve el examen llego a su fin. Mis alumnos habían abandonado ya el salón de clase para dirigirse a sus casas o quien sabe dónde cuando me encontré tímidamente recogiendo de los pupitres individuales las hojas llenas de números, gráficos, manchas de tinta y corrector. El aire era extraño, pesado, extrañamente tenebroso.


Me senté en el escritorio que precede el salón. Aún no tenía ganas de ir a mi casa. La última pelea con ella me había cansado. Necesitaba un poco de aire. Un poco de tranquilidad. El estrés era horrible y el aire en el departamento se cortaba con el filo de un cuchillo ni siquiera afilado. El pequeño Marcos, la luz del hogar, nos veía con sus ojos melancólicos y saltones cada vez que peleábamos. El paisaje hogareño daba pena. Me sentía cada día mas deprimido. Esos años felices. Esos caprichos de la vida.


La calefacción del sitio se reducía paulatina y lentamente. La noche era cada vez mas profunda. Mas fría. Mas negra y estrellada. Llevaba más de quince exámenes corregidos. Claramente el alumnado no había entendido los temas de las clases. Caso contrario, era un horrible profesor. terminaría tres o cuatro exámenes más y bajaría al estacionamiento a fumar un cigarrillo y empezar el viaje a casa. Otra vez a la tristeza consumada. A los años que no fueron.


Una nube de vapor salió de mi boca. Estaba corrigiendo ya el ultimo examen y note que el aire se tornó gélido y glaciar. Aquel salón que durante todo el día albergo muchísimos alumnos de varias edades era ahora semejante a una cámara frigorífica. Pensé extrañado que quizá el sistema de calderas se había arruinado. Pero el frio no era propio de esta estación del año. Miré por la ventana y vi obscuridad. El negro impenetrable.


Me levante del escritorio, guarde rápidamente la pila de documentos en mi maletín, cerre el cierre y deslice la correa a través de mi cuerpo. El frio era penetrante. Acomode la silla lentamente como con cierto temor. Algo me decía que el silencio era lo adecuado en ese momento. Abandone lentamente el aula y Sali al pasillo que daba acceso a las escaleras. La oscuridad de estos era absoluta. La noche se ponía cada vez más helada y el recinto cada vez más lúgubre y extraño. Tenia ganas de llamar en voz alta para que alguno de los encargados de la seguridad me respondiera, pero no lo hice. Algo en mi como una voz detrás de mí nunca insistía en que tenia que aguardar un silencio de tumba.


Empecé a caminar lentamente hacia las escaleras mientras sacaba el celular de mi bolsillo y lo ponía en modo de linterna. Maldecí para mis adentros cuando note que tenia poca batería. Era extraño porque lo había dejado cargando durante la corrección de los exámenes. Pero también era un equipo viejo que había sufrido mis manos torpes y varios descuidos.


Las laminas de los costados del pasillo diseñadas por los alumnos de los cursos mas bajos estaban llenas de pequeños reptiles y mamíferos que me vigilaban desde sus ojos de papel cartón. El pasillo a oscuras era detestable. Llegue a las escaleras y note que también estaban sumidas en la penumbra perpetua. Mi corazón empezó a latir con fuerza. Había algo extraño en la atmosfera de esos salones y pasillos. El silencio era aberrante. Sentía como mi propio corazón latia cada vez más rápido. Una gota de sudor recorrió mi espalda y me sentí observado. Temblaba.


Tomé coraje y empecé a bajar uno a uno los peldaños. Agarre firmemente la baranda con una mano mientras que con la otra la luz led de mi celular iluminaba, o intentaba iluminar, uno o dos metros delante de mí. Empecé a sentir pánico. presentía que cada escalón que bajaba era comparable como un lento peregrinar dentro de la boca de un terrible y blasfemo ser de los infiernos. El frio era supremo. Solo pensaba en salir de ese lugar, subir al auto y poner la calefacción a tope.


Fue ahí, en ese negro momento donde apenas unos segundos más tardes desperté en el cenit de los horrores. Lo que al principio fue una percepción de la noche y de los nervios se volvió algo real que se materializaba enfrente de mis ojos oscuros y extrañados. Los escalones, había algo extraño con ellos. Los peldaños se repetían de una forma horrible y terrible. Me encontraba en una escalera sin principio ni fin, en un túnel escalonado de pesadillas interminables donde cada metro que descendía el frio era mas cortante y el silencio mas mortal. Era un silencio de tumba pesadillezco.


Seguía bajando, cada vez más rápido, mi corazón ya latía a un ritmo constante y cada vez mas fuerte. Sentía la adrenalina fluir por mis venas. Sentía una necesidad de correr y encontrar el fin de ese blasfemo lugar. Debía de estar soñando. Pero el frio cortante era demasiado real. El miedo que sentía era incomparable con el de mi mas temida pesadilla. Definitivamente, no estaba soñando. ¿quizá me había quedado dormido en el escritorio durante la corrección?

Un pitido fuerte corto la atmosfera. Mi celular estaba muriendo y la luz de la linterna había bajado a la mitad. Sabia que en escasos minutos me encontraría sumido en la negra oscuridad. sentí miedo. sentí un terrible escalofrío como nunca en mi vida había sentido. Me sentí petrificado. Descompensado y a punto de vomitar o desmayarme. Mi corazón saltaba con una fuerza increíble. Lo escuchaba en el silencio de aquel lugar. Desbocando.


Tomé coraje y empecé a bajar cada vez mas rápido. No importaba ya resbalar o caer. Baje con una velocidad increíble esos peldaños eternos y durante lo que parecieron horas interminables de repetido paisaje en bajada la batería de mi equipo telefónico finalmente expiro. Luego, me invadió la absoluta noche. Me senté petrificado en el escalón. Llore en silencio un momento. No se cuánto tiempo continúe bajando y bajando en una eternidad sin fin.


Minutos, horas mas tarde quizá. La eterna oscuridad me mostro una pequeña luz roja al final del túnel inclinado sin fin. Baje más rápido con el corazón saltando de rabia. Sea lo que sea esa luz al final del sitio me sacaba de ese bucle de repetición absoluta. Cuando bajé el último escalón casi perdí la cordura. Me encontraba en el mismo pasillo del que había descendido hace unas horas interminables. Era, exactamente, el mismo pasillo.


Vi las escaleras nuevamente. Una que debería llevarme a los pisos inferiores y al estacionamiento, la otra por la que había bajado. No pensaba ni en seguir bajando ni seguir subiendo.


Al cabo de unos momentos sentí una diferencia en la atmosfera. El sitio no estaba a oscuras sino un leve resplandor rojo lo iluminaba. Camine lenta y silenciosamente por el pasillo. Tenia el cuerpo agarrotado del frio. No me sentía precisamente en un instituto sino mas bien dentro de una heladera mortuoria. ¿Debía estar muerto quizá?


Camine a paso firme hasta el final del pasillo. La puerta que ahí se encontraba proyectaba la luz que iluminaba el sitio. Una curiosidad suprema se adueño de mi y guio mis pasos hasta ese sitio. Me asome por la ventanilla.


Fue en ese momento. En ese preciso y único momento. Donde un grito de supremo terror se ahogo en mi garganta. Por acto reflejo lleve mis manos a la boca. Empecé a temblar horriblemente mientras lágrimas de miedo caían por mis mejillas. Del otro lado de esa ventanilla diminuta usada para controlar las clases y alumnado se encontraba el cuerpo del celador nocturno o, mejor dicho, lo que quedaba de él.


abrí lentamente la puerta para acercarme al cadáver. El paisaje era Dantesto y sumamente infernal. El cuerpo estaba abierto de una forma animal entre la base del cuello y la boca del estómago. Los órganos se encontraban desparramados por el sitio de una forma macabra. El hedor era horrible y la piel del cadáver extrañamente mostraba días, tal ves semanas y no horas de descomposición. No me atreví a tocar esa masa inerte. La ropa estaba completamente destruida y hecha girones pegada a esa masa putrefacta.


Mi corazón no lo resistió. Caí al suelo y a duras penas me alejé del cadáver. Vomite mas de una vez. Ya no podría levantarme y solo quería cerrar los ojos y dejarme morir o despertar de lo que parecía una pesadilla sin fin.


Lo ultimo que pude observar antes de caer en un estado de falta de cordura fue como desde el mismo pasillo que había transitado entraban al recinto una cantidad terrible de criaturas blasfemas cuya forma no corresponde a la anatomía de ningún tipo de espécimen conocido en este mundo. Vislumbre que estaban desnudos. Su piel era pálida, brillante y con diversos colores entre un blanco marfil y un amarillo manchado. Sus extremidades superiores eran sumamente largas y negras. Al final de estas una especie de tenazas o ganchos manchados de sangre seca se movían orgánicamente.


Antes de caer en mi sueño de muerte solo pude sentir como esas mismas garras perforaron mi cuerpo y como sus dientes pútridos y negros bebían mi sangre y masticaban lo que encontraban a su paso. Luego cerré los ojos ante la impotencia y el horror. El dolor había cesado. Sabia que era el final.


Muchos dicen que al abandonar nuestro cuerpo terreno vemos a través de nuestros ojos la fugacidad de la vida como un juego de luces extraño y hermoso. Una suerte de despedida de nuestro ser corpóreo, para alcanzar así, lo que se encuentra detrás del enigmático velo de la muerte. Durante toda mi vida pensé que, llegado el momento de mi último suspiro, Eso era lo que iba a suceder.


Definitivamente. en mi caso, no fue así


NO OLVIDES DEJAR TU COMENTARIO MAS ABAJO. COMENTAR ES AGRADECER.


  • Facebook icono social
  • Icono social Twitter
  • Icono social de YouTube
  • Instagram

© 2019 Diseñado por Matías Ferri

para Obscura Buenos Aires.