Los Moradores del Palacio

Relato Personal

El relato que leerán a continuación surge luego de cuatro visitas al Palacio Sans Souci, un sitio Abandonado, en la localidad de Tandil. A veces una simple exploración urbana puede brindarnos experiencias que nos marcarán para siempre. Prepárate un café, ponete cómodo y disfruta de la siguiente lectura.


( I )


Todavía recuerdo la sensación que tenía cuando nos dirigíamos con mi novio hacia el Palacio. Unas calles de tierra que cortan la ruta 226 nos llevaban hacia él. Una tranquera abierta nos daba la bienvenida al predio donde una hermosa y vasta arboleda marcaba el camino por el cual debíamos conducirnos. Más adelante, un aparcamiento para al menos diez vehículos marcaba el fin del recorrido automotor. Fue entonces cuando lo vi. Frente a nosotros se alzaba una imponente edificación de tres plantas que pese al estado de abandono que nos mostraba, podría describirse como majestuosa. Caminamos unos 25 metros hasta la entrada principal, donde a la distancia un cartel de "Peligro - Derrumbe" se podía leer justo antes de llegar. Respiré profundamente y al exhalar pensé: Al fin estoy aquí.



Todas las posibles entradas estaban tapiadas, y asomándome por los travesaños de aquellas viejas ventanas de barrotes temblorosos, intentaba fotografiar el interior. Cada tanto nos alejábamos un poco del edificio para visualizar la parte superior del mismo.


Creo que el sitio será de unos 500 metros a la redonda y habiendo recorrido más de la mitad tomando cientos de fotografías a mi paso, resignada por creer que no podría conocerlo por dentro, me llevé una grata sorpresa. Al parecer alguien había violentado una de las chapas que cubría el ingreso en la parte trasera. Y si ese alguien había infringido la regla de no pasar y se había aventurado a conocer su interior; yo podría aprovechar esa oportunidad también. Como me encontraba sola, fui a buscar a quien me acompañaba, por mi seguridad. Casi tironeándolo del brazo lo llevé hasta allí. Asomé la cabeza, temerosa y escuché un fuerte golpe. Asustada me hice para atrás. - ¿Escuchaste eso? - pregunté. - Deben ser los pájaros o murciélagos - me respondió. - No. Pareciera que hay alguien – insistí- Bueno vamos.


Me agaché bastante para pasar por aquella pequeña abertura. Detrás de mí entro él.


(Tengo que reconocer que siempre siento algo de culpa cuando puedo estar haciendo algo que no corresponde, pero la curiosidad esta vez me ganó y allí me encontraba, pasando por alto la señal de 'No Pasar') Los que me conocen saben que soy una persona muy expresiva, así que si les digo que al ingresar puse la misma cara de asombro que cuando Papá Noel me trajo a los 6 años de regalo una 'Valijita Juliana', créanme que fue así. Pues entonces, como les decía, abrí mis ojos y boca súper exaltada, miré a mi novio y exclamé: - ¿Lo podes creer? Mira lo hermoso que es este lugar -

Parados en lo que parecía un hall trasero podía divisarse la silueta de una derrumbada escalera a mi derecha, unos mosaicos azules hermosos bordeaban la pared y continuando la descripción hacia la izquierda mientras avanzábamos unos sutiles pasos se veía un extenso pasillo, el acceso a lo que parecía un comedor con un ventanal que mostraba parte de él, la entrada al living y otro largo pasillo muy oscuro que no me permitía visualizar donde terminaba.



Fue entonces cuando casi automáticamente mi sexto sentido (el intuitivo) se puso en alerta. Casi sin ver más allá del rabillo del ojo, sentí unos pesados ojos posarse en mí. Mi pareja notó que me inquieté un poco. - ¿Qué te pasa, Maru? – Me pregunto preocupado - ¿No sentís ese olor vos? – Pronuncie temblorosa al notar una invisible compañía en el sitio. - ¿Olor a qué? - No lo sé – (respondí con una extraña sensación amarga en mi boca) Mientras trataba de descifrar de dónde provenía el olor, éste había comenzado a disiparse; e ingenua a que quizá lo había imaginado o era producto de la sugestión, gire mi cabeza, caminé unos pasos, levanté la mirada y comprendí todo. A mi derecha, justo en la arcada de aquel primer pasillo donde me dirigía sentí la presencia de un ser siniestro y muy enojado. Pero eso no fue todo, por el pasillo que daba hacia el living a mi izquierda, vi pasar una mujer. La diferencia con ésta es que no la percibí de ningún modo en particular, aunque... es difícil de elucidar... la vi con un trajecito que consistía en una blusa, falda, tacos bajitos y un sombrerito. Era joven pero no podría estimar su edad. Pasó dos veces hacia el mismo lado (como una extraña repetición), como percatándose de nuestra presencia allí, pero sin inquietarse por ello. En cambio el panorama hacia el otro lado distaba de ser parecido, aquella presencia se presentaba hostil. Solo sentí que no quería que avanzara más de donde ya me encontraba. De hecho me cuesta explicarles cómo, pero podía sentir como este ser me repetía una y otra vez que no debía avanzar más. En ese momento sentí como mi cuerpo se estremecía tal vez del miedo, dejándome inmóvil unos segundos.


Max, sin notar ninguna de las cosas que yo sentía recorrió apenas el lugar donde estábamos parados. El sitio carecía de luz natural y no podíamos ver mucho a simple vista. Seguido a esto, mi acompañante, me dijo que le parecía algo peligroso y aconsejo retirarnos, de hecho se estaba haciendo tarde y la oscuridad dentro del lugar era tal, que mejor no arriesgarse y volver con suerte en otra ocasión. Al escuchar su voz volví en sí, asentí con la cabeza y dije -Adiós- (aunque lo dije pensando en esa horrible entidad, para que supiese que me marchaba. Años después supe de la importancia de pronunciar todas esas palabras).


Salí de allí no sin antes tomar algunas fotos de lo que llegué a vislumbrar de las entrañas de la edificación. Reconozco que, aunque me moví tan solo unos pasos en su interior, aquella experiencia me dio miedo, ya que estaba muy lejos de ser algo bueno.


Mientras caminaba al auto, me di vuelta y admiré ya por última vez aquel lugar. Y reconozco que aunque esté lejos quizá de otros lugares en cuanto a belleza de los que he explorado, sin dudas este se robó justo en ese momento un pedazo de mi corazón.


( II )

Al igual que yo, mi padre, es fanático de los lugares abandonados, de hecho, cuando era chica me contaba historias antes de dormir sobre los lugares que visitaba en su juventud, mientras que yo idealizaba la posibilidad de que al crecer podría hacer lo mismo que él.


Aquella mañana de viernes era el último día que estaríamos en Mar del Plata vacacionando. Recuerdo que llovía torrencialmente. Para las 12:00 del mediodía debíamos estar ocupando la posada que reserve en la hermosa ciudad de Tandil, pero debido al clima no podíamos partir de la costa. Uds. saben que si no ocupas una reserva a tiempo se la pueden ofrecer a alguien más en espera, y eso me tenía algo enfadada. Mientras tanto whatsapeaba con la dueña consultándole como estaba el clima por ahí y explicándole nuestra situación. Muy amablemente me informó que no estaba lloviendo ya, y que por ser un huésped habitual no debía preocuparme, pues la habitación no la ocuparía nadie más. Y aunque eso me tranquilizó, me impacienté de todos modos porque si había llovido mucho tampoco íbamos a poder hacer urbex (exploración urbana), ya que al ser un gran campo verde con mucho pasto, el lugar podría resultar un barrial y no podríamos entrar. La lluvia en 'La Feliz' comenzaba a parar, así que rápidamente guardamos lo último que llevábamos y partimos hacia el 'Lugar Soñado'. Adentrados en la ruta el cielo que íbamos dejando atrás se veía gris oscuro, mientras que el horizonte se mostraba esperanzador. Y así como nos gustan los urbex con mi viejo, también compartimos el amor por las tormentas, por esto mismo, paramos en la banquina un mínimo de segundos, sacamos unas fotos alucinantes, y seguimos viaje por aquella solitaria ruta.


Alrededor de las 14 Horas llegamos a la hostería, dejamos nuestras cosas y buscamos un lugar para almorzar. Toda la charla en aquel bar fue planeando los sitios que íbamos a visitar en la bellísima ciudad tandilense.


Al salir de allí el primer sitio fue el "Palacio Sans Souci". En el camino conversamos de la suerte que quizá tendríamos ya que tal vez alguna persona que hubiese querido ir, a causa del clima, hubiese desistido, y así tendríamos el sitio para nosotros solos (Confieso que celo los lugares que exploro caprichosamente). Lo gracioso es que cuando estábamos entrando al predio comenzó a garuar. Sabía que a mi padre no le importaría en absoluto sacar fotos bajo la lluvia, de hecho, ambos creemos que le da ese toque de 'no sé qué' que tanto nos gusta. Pero a mi mamá le preocupaba un poco, así que prometimos no tardar más de una hora (Bueno, una mentirilla piadosa no hace tanto daño).


Siempre creí que mi papá se comporta cual niño en un parque de diversiones cuando hacemos este tipo de salidas, ya que le brota la curiosidad desde el minuto cero, y no solo no aguanto caminar los 25 metros hasta el Palacio, sino que sacó alrededor de quince fotos apenas bajo del vehículo. Y haciendo lo mismo que yo aquella primera vez, se asomaba por cada hueco que le daba la esperanza de conocer de alguna forma su interior. Insistiéndole que no se preocupara por ello ya que había una chapa ligeramente doblada por la que podríamos ingresar y verlo, hizo oídos sordos y con una sonrisa de oreja a oreja me ignoró completamente. A causa de la lluvia insistí con ingresar al sitio, y quizá mientras lo recorríamos, ésta cesara.



Caminando en fila india (mi padre adelante. Seguía yo y detrás mi mamá) nos dispusimos a entrar. Fue justo en ese momento previo a pisar el interior, al cruzar esa arcada donde alguna vez hubo una chapa y hoy se encontraba completamente arrancada, cuando sentí que una mano me tomó de la muñeca izquierda y me soltó, habrá durado 1 segundo. En ese momento mi cabeza repetía la frase "te encontré", así como si la estuviese escuchando justo cuando tomaron mi muñeca. Volteé y le dije sorprendida a mi mamá - Me agarraron de la muñeca y me soltaron - (hice el gesto). Me miró e hizo un extraño gesto, posteriormente respondió: - Bueno Mariela, ¡entremos que está lloviendo! -. Insistí que era enserio, pero solo hizo un gesto con su mano como exclamando que entremos de una vez. No puedo culparla, detesta este tipo de salidas y no cree mucho en este tipo de cosas, así que es normal esa reacción. Repasé varias veces el hecho en mi cabeza y solo pensaba en lo extraño que era, después de todo llevaba una campera gruesa impermeable, y yo aseguro que pude sentir los cinco dedos de una mano sobre mi piel. Hasta miré en dos ocasiones para ver si tenía alguna marca. No era la primera vez que algo me tocaba, sin embargo, nunca lo sentí de esa forma. A raíz de este hecho antes de entrar, temí que al ingresar pudiese experimentar alguna otra cosa como la primera vez, y confieso que no tuve miedo, aunque aun temiendo nunca hubiese dejado a mis padres entrar solos al sitio. Para nuestra sorpresa, apenas ingresamos nos topamos con una pequeña bandada de pájaros (alrededor de veinte) y muchos murciélagos. Podía oírse, además, el ruido del agua cayendo, penetrando alguna grieta de aquel escaso techo. Caminamos unos pasos más adentrándonos en la derruida casona, y apenas llegamos al pasillo (donde les conté que tuve aquel encuentro con una entidad perversa), cuatro murciélagos aparecieron volando directo hacia nuestras cabezas. Mi madre gritó, y los tres corrimos rápidamente hacia el hall por donde habíamos ingresado. A causa de estos infortunios preferimos concluir el recorrido interior y continuarlo por fuera, después de todo merecía cada foto bajo la lluvia que le pudiésemos sacar. Mamá volvió al coche y allí nos esperó jugando unos puzles con su celular. Creo que fueron demasiadas sorpresas por un día y también le dio algo de temor. ¡No es para menos! ¿No creen?


Al caer la noche volvimos a la posada, la dueña del lugar vió por la tarde una foto que compartí en mis estados de what’s app de la visita a ese magnífico predio; y nos contó que los lugareños no suelen hablar mucho de este sitio (lo tienen algo olvidado), pero que con el correr de los años se siguen escuchando anécdotas de gente que se ha aventurado a visitar el Sans Souci, asegurando oír gritos, quejidos o simplemente sentir que los observan a la distancia o desde alguna ventana.


( III )

Dicho todo esto puedo finalmente concluir contándoles la última vivencia en este enigmático y misterioso sitio (por ahora).


En enero de este año (2020) aprovechamos el último fin de semana de vacaciones para ir solos con mi papá a pasar un día completo de urbex. Visitaríamos un Castillo abandonado en Rauch y luego nos dirigimos nuevamente a este palacete al que le prometí volver.


A las 5:30 de la mañana del sábado, con el sol asomándose por el horizonte, nos subimos al auto para volver a tan anhelados sitios, llevando con nosotros un sinfín de cosas; bolso matero, snacks, linternas, pilas, luces de emergencia, gorras para el sol, anteojos para fachear, el botiquín S.O.S. y nuestras queridas ¡remeras Obscuras! (unos días antes le regalé una, así podíamos sacarnos unas lindas fotos con ellas). Además, él es quien nos acompaña en las exploraciones que hacemos con el grupo.


El día estaba tan soleado y celeste, que nos pusimos a recordar toda la hazaña que vivimos la primera vez que fuimos.


Llegamos al Palacio alrededor de las 13 horas (primero fuimos al Castillo que antes les mencioné). El sol quemaba mucho, el predio es muy grande y podría decirse que la mansión en ruinas era casi nuestro único refugio.



Tal como hicimos la primera vez, echamos un vistazo general para asegurarnos que la zona fuese segura. Recuerdo que al bajar del auto nos recibió Bruno, un perrito muy simpaticón que andaba deambulando en el predio, el cual no tardo mucho tiempo en entrar en confianza y traernos sus botellitas para que le juguemos (ya saben, trae la botella para que se la lances y así buscarla).


Honestamente me perdí unos 5 minutos mientras me divertía con el animal. Fue entonces cuando levanté la vista y no vi a mi papá. Caminé unos 20 metros y allí, desde la puerta del palacete mi padre mi hacía señas agitando sus brazos para que entremos. (Es importante que recuerden al Can, ya que pienso jugó un papel importante en el recorrido, luego sabrán porqué).


Pese al calor que hacía afuera, dentro del recinto el frío nos erizó la piel; yo llevaba puesta una camperita de algodón para cubrirme de posibles raspones, bichos o algún elemento que pudiese rozar y lastimarme. Al ingresar, mi padre, no dejó de expresarse con onomatopeyas ¡Wow! ¡Uff! ¡Mira! ¡Ohh! (¿recuerdan mi expresión en el primer relato? Tan igual que asusta), ya que durante la visita anterior no pudo apreciar como entonces, lo bello de este lugar. Me preocupaba que el animal pisara algo que pudiese lastimar sus patas, pero para mi entera sorpresa se mantuvo pegado a mí y se movía con extrema cautela. De hecho si le daba una orden la cumplía, por ej. "ven o quieto acá", se notaba que era de alguien y estaba cuidado, luego vi su chapita.


Aunque estábamos en pleno verano, esta vez el sitio escaseaba en aves y murciélagos. Solo oímos unos pocos dentro de una sola habitación, donde la luz no penetraba por ningún orificio.


De manera lenta pero seguro, recorrimos cada uno de los espacios que el lugar ofrecía, incluso pude conocer el living principal, con una chimenea digna de palacio, toda labrada en yeso, con un espacio en medio donde alguna vez hubo un escudo, y otros símbolos a sus lados también.



A todo esto, Brunito se quedó siempre a nuestro lado. Pero no fue hasta que llegamos a las escaleras del sótano que el comportamiento del perro cambio. Se colocó frente a nosotros bloqueándonos el paso y cuando tratamos de bordearlo para asomarnos comenzó a lloriquear. Sin dudas él podía sentir que algo allí no estaba bien y por alguna razón decidimos ignorarlo. Le dije como hago con mi mascota: - Cosita hermosa, ya vuelvo -. Y antes de bajar lanzamos un cascote a ver si se escuchaba algo o salía volando un ave, aunque solo se oyó el eco de este que al llegar al piso se hizo añicos. Comenzamos a descender y mientras esto ocurría, el perro comenzó a inquietarse más y más. Para ese entonces admito que me preocupé, porque confío en el sexto sentido de ellos, pero por otro lado no iba a dejar a mi viejo solo en el sótano como les mencioné antes también. Tratando de calmar al Can, subí unos escalones y le hice unos mimos, le dije de nuevo que "ya volvía" y se sentó a esperar (me dio mucha ternura). Abajo, el panorama era bastante tétrico, si bien yo ya lo conocía de otra visita tres meses antes sin ninguna experiencia que les pueda aportar en esta historia, el escabroso y pequeño sitio carecía de olor a humedad pese al encierro, era muy frío aunque por momentos sentías que algo te sofocaba, su base sólida de ladrillos te hacía creer que al menos el sótano se mantendría en pie 100 años más. Sería un cuartito de diez metros cuadrados que unía el exterior con una rampa como la que se desliza la mercadería en los restaurantes y casi como un pequeño secreto dentro de él, se halla un túnel con cañerías que recorren el palacio unos 50 metros por debajo.


Mi papá ingresó por el conducto con la luz de emergencia, parece más angosto de lo que es, pero debe tener 1,60 metros de altura y 1 metro de ancho. Mientras observaba muy atenta su recorrido, noté que a la mitad de mi brazo derecho se le erizó el bello y dirigiendo la mirada hacia ese espacio negro a mi lado, pude notarlo aún más negruzco. No puedo expresarles el miedo que sentí cuando percibí que unos ojos, aún sin verlos concretamente, mi miraban fijo. Mientras esto sucedía mi cabeza estaba contemplando a mi papá a la distancia y escuchando al pichicho que comenzó a llorar/cuasi aullar. No es la primera vez que un espacio negro se vuelve más negro en mi presencia, mientras mi entorno enmudece casi por completo y la sensación a muerte me rodea. Tomé la decisión de observar ese espacio con detenimiento y mientras lo hacía, pude ir percibiendo su figura; se trataba de alguien pequeño o arrodillado, angustiado y desahuciado. Posaba sus manos cruzadas en mí y de allí venía ese frío sepulcral, sus ojos me miraban como esperando algo de mí, pero no supe entender qué. Saben, leí muchas historias que posteriormente les compartiré cuando les cuente la historia del lugar, historia que no conocía la primera vez que fui, pero si esta última. Y si me permiten dudar, podría tratarse de un niño o esclavo. Lo cierto es que de un momento a otro aquello que se manifestó, se evaporó, el espacio ennegrecido volvió a tomar algo de color con la poca claridad que entraba por la rampa que antes mencioné y el perro dejo de llorar. Mi papá salió del túnel y entonces exclamé ¡que silencio!


Cuando subimos Bruno no estaba, lo llame varias veces, pero no se acercó. Continuamos el recorrido ya en la última habitación con sótano, con la diferencia de que en ésta no se podía bajar, solo observar por las grietas de aquel piso de madera roto. Aunque podría decirse que era bastante grande ya que ocupaba todo espacio de la pieza y hasta tenía dos divisiones.


Cuando salimos del palacio vimos al perro que nos observó fijo a la distancia, inmóvil, se lo veía desconfiado. Solo tuve que pronunciar su nombre para que acudiese nuevamente a nosotros, tirándose panza arriba en el pasto, pidiendo mimos y jugando. Decidí compartir un tiempo con él; mientras mi papá sacaba unas cuantas fotos por el predio.


Antes de partir le dije que debía mostrarle un último rinconcito mágico en el predio. Y aprovechando que el canino se fue con una parejita que acababa de llegar, lo llevé. Caminamos unos minutos y pronto llegamos a una verde y frondosa arbolada, donde se encuentra un extraño mirador escondido, prácticamente la guarida de dos novios jóvenes en las películas. Tiene un barandal hecho de troncos que forman un calado perfecto y en la cima se respira el aire más puro y fresco que jamás sentiste.


Desde allí apenas se divisa el Palacio o el resto del predio, aunque se puede disfrutar de un espléndido momento de paz y armonía.

Habiendo transcurrido 3 horas de visita en aquel misterioso y abandonado lugar, nos retiramos contentos y satisfechos por la exploración que pudimos realizar sin inconvenientes. Sin dudas, tanto para él como para mí, fue un día memorable, donde compartimos unas lindísimas exploraciones, sacamos un sinfín de fotos, y en lo personal viví una importante vivencia que me recordará por siempre que hay mucho más allá de lo que creemos conocer.

FIN.


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