Leyenda Urbana de La Boca, Capital Federal.

El sol apenas había bajado. El aire era húmedo y tibio. Los refucilos, altos en el cielo incitaban a una tormenta mientras iluminaban el firmamento dándole un aura de extraña y terrible malignidad. En algún otro lugar de la ciudad el diluvio había comenzado.

Victoria, apresurada por la próxima tempestad caminaba al trote entre las serpenteantes y antiguas calles de La Boca. Su casa estaba cerca y quería buscar en ella un acogedor y seguro refugio ante la lluvia.

El cielo oscurecía vertiginosamente. Ya sea por la proximidad de la noche que acechante se acercaba como un animal salvaje en busca de su presa en forma agazapada o por las oscuras nubes que reinaban las alturas y tapaban la poca y ya frágil claridad del anochecer.

Cuando llego a aquella esquina. Cuando se encontró a mercedad de aquella torre misteriosa y fue cubierta por su sombra fue cuando sucedió lo increíble. Lo inexplicable. Una visión cruel y terrible que se marcó en su memoria por el resto de sus días.

Al principio fue un sonido – La chica me contaba del otro lado de la pequeña mesa de caoba oscura – El sonido inconfundible de vidrios rotos sonó alto sobre mí. Pensé que un viento fuerte había chocado contra alguna de las ventanas de esa extraña torre y la había quebrado. Pero cuando levante mis ojos no había nada extraño. Busque con la mirada algún indicio de lo que habría ocasionado ese ruido, pero no lo pude encontrar. El cielo ya estaba oscuro y las ventanas de los edificios ya irradiaban la iluminación de sus departamentos y oficinas. Luego no sé por qué, pero mis ojos fueron atraídos hacia algo que no había visto en toda mi vida. Una de las ventanas de aquella torre me mostro una figura terrorífica. Algo que no podré olvidar jamás.

Victoria se había quedado en silencio. El lugar donde nos encontramos era tenue. Un extraño tango sonaba desde algún rincón del recinto. Sus ojos verdes habían tomado una expresión terrible. Una expresión que podría materializar el miedo y el sufrimiento.

Aproveche el silencio para recorrer el lugar con una mirada fugaz. El bar estaba vacío salvo por dos personas mayores que se encontraban cerca de la entrada. Una mujer de mediana edad nos observaba de vez en cuando desde el otro lado de un mostrador de madera. El olor a café expreso inundaba la sala con una mezcla de otros matices de sabor. Finalmente le devolví mi mirada a esa chica de pálida tex y oscuro cabello que tenía delante de mí. Un crucifijo un poco extraño era rodeado por una cadena de plata en su cuello. Había tomado la compostura de aquel recuerdo. Sus labios pronunciaron una palabra. Un nombre… Clementina

Buenos Aires – Año 1910

El lienzo había abandonado su nívea blancura para tomar el color por millones de pigmentos. Líneas dibujaban formas y formas dibujaban rostros delante de un paisaje veraniego. La luz del cuarto era la indicada para una muy larga tarde de pintura. Las manos de la artista ya estaban cansadas y manchadas de varios matices de color cuando decidió asomarse a la ventana de su atelier y contemplar que el cielo claro del mediodía ya había dado paso a la oscuridad de la noche.

La joven muchacha se había quitado su camisa para ponerse una un poco más limpia con la idea de ir a buscar algo para comer. Era una costumbre caprichosa de la muchacha esperar al último momento para cruzar la calle al almacén de enfrente, comprar las religiosas empanadas de los jueves por la noche y el atado de cigarrillos.

Decidida contemplo su creación una última vez antes de salir y noto en ella algo extraño, algo que hacia un momento no se encontraba en aquel paisaje de verano que con tanta delicadeza había formado sobre la tela. En su lugar reinaba un paisaje Dantesco donde se encontraban extrañas criaturas como si hubieran sido sacadas de un relato de Poe. Las líneas que las dibujaban eran groseras, fuertes y desprolijas. Los ojos de las criaturas eran rojos sangre y transmitían indescriptible malignidad.

La muchacha. Extrañada y asustada, levanto su vista sobresaltada y no pudo evitar ser horrorizada por las extrañas criaturas que se encontraban, contemplándola fijamente, desde las sombras de el rincón más lejano de su taller.
Unos segundos más tarde. El estallido de un vidrio corto el silencio de la noche. Transeúntes que se encontraban en el lugar vieron a la joven artista saltar desde la ventana de esa torre y chocar horriblemente, destrozando su cuerpo, contra el pavimento de la calle.

La torre, de cierta forma, se erguía como un ídolo tenebroso en la noche. La luz de su atelier se cortó de golpe. Desde aquella ventana. Unos ojos oscuros y malicioso veían el cuerpo de aquella Joven artista ensangrentado en la acera unos metros más abajo.

La sangre brotaba de la joven a un ritmo vertiginoso. Los testigos y curiosos se acercaron al cuerpo inerte de aquella artista que llamada Clementina, que en la posteridad daría vida a una de las leyendas más famosas del Barrio Porteño de La Boca.

Unos días más tarde de aquel echo fatal, Eleonora, una prestigiosa periodista de la época se había enterado de ese episodio. Muy extrañada porque había entrevistado a la dueña de ese atelier hacia pocas semanas decide emprender una investigación exhaustiva para sacar algún dato de lo acontecido. Era muy extraño que una artista que empezaba a tomar cierta cuota de fama hubiera atentado contra su vida. Fue por eso mismo que no solo investigo sobre la historia de esa famosa torre donde se encontraba aquel taller dueño de un supuesto misterio, sino que le envió a un cercano amigo fotógrafo las placas fotográficas que uso aquel día cuando visito aquel lugar acompañada de la propia Clementina.

Unas pocas horas más tarde se encontraba dirigiéndose a la Localidad de Rauch en búsqueda de una poderosa estanciera llamada María Luisa Auvert Aurnaud, quien no solo era dueña de aquel edificio, sino que, según cuentan los rumores, había vivido ahí hace unos años y cierta noche había salido disparada a horas de la madrugada con su carruaje jurando no volver en esta vida ni en la siguiente.

Frente a Eleonora quien ya tenía todo preparado para realizarle su entrevista. La señora de Auvert empezó a relatar una historia con cierta cota magia:

– Todo comenzó cuando compré el terreno donde hoy en día se erige esa torre de Satán – Comento la estanciera ya entrada en bastantes años con unos ojos medio ciegos e inexpresivos – Había conseguido ese lugar a buen precio y decidí construir sobre el un complejo de viviendas para los inmigrantes que viven en la zona y no dejaban de llegar. El lugar fue levantado con materiales de primera calidad hasta el mínimo detalle. Los vidrios eran finos y delgados. Las pinturas llegaron del antiguo continente al igual que muchos de los materiales para la construcción de semejante obra.

Fue cuando di la orden de traer las plantas de mi antigua Cataluña (Región Española) que junto a estos preciosos especímenes llegaron esas criaturas del infierno.

Esas bestias viven entre las setas del balcón. Se alimentan de las plantas del lugar y hacen horribles travesuras. De hecho, pueden llegar a ser muy violentos y vengativos.

Para mí son duendes – Prosiguió la anciana – Una vez uno de ellos trato de atacarme arrojándome uno de los libros de la biblioteca. Y si mal no recuerdo había hipnotizado a un jardinero para que intentara cortarse las venas con una tijera. Por suerte los demás empleados llegaron a detenerlo y nos avisó sobre estos pequeños demonios cuando volvió en sí.

No me extraña que una chica se haya quitado la vida en aquel lugar. Esa torre era muy preciada para mí, pero era el punto de más actividad del edificio. Seguro estos pequeños serafines de Lucifer la convencieron del imperdonable pecado de quitarse la vida arrojándose de la ventana o, porque no, la hayan arrojado ellos mismos.

Eleonora dejo dar por cerrada la entrevista y volvió nuevamente a la ciudad a encontrarse con su amigo. Seguramente ya tendría reveladas las fotografías que había capturado en aquel atelier hace unos días cuando Clementina estaba aún con vida.

Fue cuando vio el preocupado y sombrío semblante de su antiguo compañero de diario que algo no andaba del todo bien.

Es algo que tienes que ver por ti misma – Le había dicho con cierto temor.

Eleonora vio entre las fotos del atelier una que destacaba del resto. Una captura terrible que era capaz de quitar la cordura inclusive a la mente más fuerte y sana.

La imagen mostraba un lienzo pulcro. Absolutamente limpio que más tarde sería la base de una obra de gran calidad. El mismo estaba fuertemente iluminado. Pequeños recipientes de pigmentos e instrumentos artísticos se encontraban por detrás en la fotografía. Fue lo que estaba debajo de aquel lienzo. En el centro de la misma. Lo que había captado poderosamente la atención era esas tres extrañas criaturas de ojos maliciosos y rostros puntiagudos. Pequeños seres diminutos que podrían ser pasados por duendes de algún bosque de la antigua Cataluña o como pequeñas criaturas sacadas de las profundidades del averno.

Ciudad Autónoma de Buenos Aires – Barrio de la Boca – Año 2016

Victoria me había contado nuevamente cada detalle de su vivencia. Había jurado escuchar inclusive el grito fantasmal de Clementina al caer de aquella torre maldita. Ella conocía la historia al igual que yo y decidió comentarme su vivencia. Luego de un rato la charla se tornó más amena y toco temas diversos que tocaban desde alguna experiencia extraña hasta el cine de terror (Genero que ambos compartimos).

Las noches en la Boca son muy especiales. Tienen cierta aura misteriosa y magia en el aire. Son muchas las historias que se encuentran en este barrio de antiguos conventillos y pintorescos edificios colorinches. Pero la luna estaba alta y brillante en el cielo nocturno y debía de cerrar la historia.

Esta Buenos Aires es cuna de leyendas, historias de lo oculto y de criaturas misteriosas. Por hoy era más que suficiente. ¿Quién sabe con qué me toparía mañana?

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