Leyenda Urbana de Lanús, Buenos Aires.

Muchos de los que vivimos en la zona sur de Buenos Aires conocemos la hermosa Universidad de Lanus (UNLa). Ubicada en la calle 29 de Septiembre al 3901 precisamente en el límite de los partidos de Lanús y Lomas de Zamora. Fundada en el año 1995 y con un campus de más de diez hectáreas.

Actualmente varios edificios se erigen en el campus universitario donde se enseñan con extrema pasión muchas disciplinas en el área de la salud, transporte, derechos humanos, diseño, entre muchas más donde más de 17.000 alumnos regulares cursan entre los turnos diurnos y nocturnos.

Es de público conocimiento que esta “Ciudad del conocimiento” se levantó en los predios que pertenecían al Ferrocarril y los talleres de Escalada. Abandonados y sin uso por varios años. Siendo este último detalle algo importante para la extraña historia que veremos a continuación.

Era un miércoles de Agosto cuando Laura salía de su clase de Diseño II del Edificio “Juana Manso” de esa misma universidad (Nota de color: Para los que no conozcan la Universidad, los edificios de aquel lugar llevan el nombre de grandes figuras de la historia Argentina).  El profesor ya había observado su trabajo  (Un afiche sobre una prestigiosa cantante del POP) y luego de darle su opinión, decidió que lo mejor era salir antes de hora e ir a trabajar a su casa donde tenía los archivos de edición de la entrega que preparaba.

La noche era de luna llena pero aun así el campus estaba oscuro y con la mitad de su equipo lumínico encendido. La niebla tomo posesión del lugar convirtiendo el lugar en un paraje substraído de alguna película de terror del “cine B”. El aire era frio y húmedo. La atmosfera, opresiva.

Laura empezó su caminata en dirección a la calle Alsina por dentro del predio universitario donde se encuentra una de las entradas del lugar. Primero, decidió pasar por la cafetería para adquirir una infusión para el camino y luego por su sendero preferido que comunicaba el edificio donde cursaba con una pequeña plaza que solo los que estamos habituados con la Universidad conocemos bajo el nombre de “Plaza Quijotanía”.

Ella caminaba tranquila y relajada. La seguridad y el confort es algo que se respira en aquel lugar como si estando entre sus muros de ladrillo y predios uno estuviera  a salvo de cualquier peligro. Fue cuando estaba cruzando dicho claro donde las figuras del libro de Cervantes estaban materializadas con restos de antiguas vías y ferrocarriles por los alumnos del departamento de Humanidades y Artes cuando la alumna distinguió algo extraño que se desplazaba entre los tupidos árboles que estaban al costado del camino. Era una figura extraña que extrañamente se mimetizaba con el lugar. Era una silueta extraña y blanquecina que se asemejaba bastante con la figura humana.

Extrañada, Laura empezó a caminar más despacio y recelosa para que esa extraña “cosa” no se percatara de su presencia. La curiosidad nació en ella de tal forma que decidió seguir a esa extraña aparición.

Claramente era una chica – Me confeso la testigo mientras tomaba su té verde en la cafetería vidriada cercana al lugar donde sucedió su visión. Su rostro no denotaba nerviosismo. Claramente no era una chica supersticiosa – Ella se desplazaba por la vereda que conecta los edificios que están entre la biblioteca universitaria  y el estacionamiento frente al edificio José Hernández. Pese a que no era algo claramente de “este mundo” estaba vestida con ropa bastante moderna. No de ahora pero tampoco con esas extrañas vestimentas que se usaban hace más de doscientos años y por lo que vi también no podía escuchar porque luego de salir de ese extraño trance que te genera ver algo bizarro (Me causo cierta gracia ese modo de catalogar un avistamiento de algo que no pertenece a este plano material) le chifle para ver si se volteaba. Lo curioso es que luego de unos metros esta figura que parecía flotar entre las baldosas se esfumo como humo en la oscuridad del camino.

La cafetería universitaria era un bullicio. Claramente los alumnos estaban en corte y todos coparon el lugar. Pese a que no quedaba una mesa desocupada, una masa de alumnos del edificio continuo se dirigían al lugar. Laura bajo su vista hacia su infusión y luego de un momento de silencio claramente sus pensamientos la llevaron lejos de aquel lugar. Decidí que era el mejor momento para pausar la grabación de mi celular.

-Quizá pienses que estoy loca o que estaba fumada o algo – Una extraña risa la hizo sonreír – Pero te juro que estaba  más despierta y enchufada que nunca

Luego de una larga conversación que se extendió hasta casi las nueve de la noche sobre fantasmas, apariciones, tablas ouija que extrañamente se transformó en charlas de formas, acrílicos y temas de diseño gráfico decidimos que lo mejor era dejar la entrevista como terminada. Fue ahí cuando la chica de pelo corto y extrañamente teñido se levantó, tomo su pintura y salió del lugar.

Mientras terminaba de un sorbo mi cortado que estaba horriblemente frio no pude evitar pensar en la incontable cantidad de veces que entre clases buscaba refugio en esa misma cafetería. Que me perdía en aquellos largos caminos en el campo universitario o cuando me sentaba contra un árbol a leer algún libro de turno.

Ya camino a casa repase la entrevista buscando algún otro detalle. La descripción dada por Laura era la misma que la que muchas otras personas dieron sobre esa extraña figura. Una leyenda urbana muy conocida para los estudiantes, docentes o ex alumnos del lugar. Muchos tienen sus teorías y especulaciones sobre como aquel fantasma llego a ese lugar. Algunos hablan de una chica que fue asesinada en aquel lugar cuando no era más que un depósito de chatarra. Otros ya más originales hablan sobre una alumna que vendió su alma al diablo para poder llegar a su título de grado. Sobre esto último prefiero reservar mis comentarios.

La noche en Lanus era fría. El colectivo de la línea 160 estaba atascado en tránsito. Decidí pausar la voz de Laura y escuchar algo un poco más relajante. Opte por escuchar uno de los discos del Maestro Andre Rieu. El ruido del tránsito se apaciguo por la música (Confieso que me encanta poner el volumen al máximo). El día llegaba a su fin pero la leyenda de esta extraña aparición, no hacía más que comenzar.

 

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