Leyenda Urbana de Recoleta, Capital Federal.

“Cuando me arrepentí de haber tomado otro camino ya era demasiado tarde. Me encontraba sola, caminando por la calle Junín dirección a Av. Las Heras para tomarme el 37. Volvía de la facu. Esa noche habíamos salido un poco más tarde de la clase de Derecho y como necesitaba tomar aire ya que la cabeza me latía a mil preferí volver sola por otro camino y evitar a las charlatanas de mis compañeras.

Fue cuando pase la Iglesia del Pilar. Exactamente cuándo empecé a surcar el muro del Cementerio de la Recoleta. No sabía si era producto de mi imaginación o un estado de abombamiento después de una clase pesadísima de derecho pero me sentía muy exhausta y cansada.
Lo extraño sucedió cuando llegue a la altura de la puerta del Cementerio y no sé por qué, mire hacia adentro. Las rejas negras y antiguas no podían taparme la vista y el lugar se veía perfectamente a la luz de la noche. Las criptas, las calles de tierra, inclusive podían distinguir aquella estatua que se encuentra en la plaza central. Era un paisaje tranquilo y al mismo tiempo perturbador.  No sé cuánto tiempo me perdí entre esas edificaciones pero cuando volví en si fui presa de una extraña sensación. La noche se puso de golpe más fría y una incomodidad se apodero de mí. De repente me sentí observada. No sabía si era porque estaba frente a las puertas de un cementerio pasadas las 11 de la noche o porque la mente me estaba jugando una mala pasada.

Fue, cuando decidí retomar el regreso, tuve ese horrible momento. Al voltear había un hombre bastante joven cerca de mí. Había algo extraño en él. Algo perturbador. Estaba vestido de camisa con un pantalón antiguo y un antiguo sombrero que seguro pertenecía a su abuelo o bisabuelo. Lo realmente extraño era que estaba fregando, a esas horas de la noche, la entrada del cementerio a escasos metros de donde me encontraba. Le pregunte si se sentía bien o necesitaba algo, pero no me respondió. Era como si no me escuchara.

Decidí alejarme y maldiciendo que tendría que pasar a su lado empecé a caminar cada vez más ligero. El frio del aire aumentaba y sabía que algo andaba mal. Fue cuando me acerque lo suficiente y cometí el gran error de mirarlo que note que sus ojos eran blancos y  carecían de vida. Lógico que empecé a correr a más no poder. Teniendo miedo hasta de mí sombre proyectada en el muro de rojo ladrillo. Recién cuando llegue a la esquina del Shomping Mall, ahí donde está el Mac Donald, decidí tranquilizarme, tomar aire y mirar por donde había venido. Pero no había ningún hombre con esas características por ahí salvo una parejita que iban tomados de la mano por la placita de enfrente. Luego, sin perder tiempo y aprovechando que un grupito de personas habían terminado de cenar y se dirigían también hacías Las Heras, fui acompañada y tome el primer colectivo que pasara.”

*        *       *

– Fue justamente ahí donde estaba – Me repitió Cinthia señalándome con su cabeza la entrada del Cementerio. Una puerta de estilo Neoclásico con altas columnas griegas. Aun en la oscura mirada de mi entrevistada se notaba el miedo de aquella noche y pese a que la distancia que había entre nuestra mesa de bar y las puertas fuera más que considerable con plazas de por medio, su mirada evitaba mirar en aquella dirección. Fue en ese momento cuando me jure a mí mismo nunca más entrevistar a nadie cerca de algún cementerio o lugar parecido.

Al cabo de un café cortado de por medio y unas de esas galletitas obligadas de cafetería por medio nos saludamos y tomamos diferentes caminos. Ella fue rumbo a las Heras luego de que la acompañara una distancia prudencial más allá del Cementerio y yo no pude evitar caer en la tentación de ingresar en la Necrópolis para pensar entre sus Bóvedas lo que había escuchado.

La frase de “Requiescant in Pace” (Descansan en paz) me dio cierta ironía. En este lugar muchos difuntos lo que menos hacen es descansar. Muchas son las historias sobre los muertos (y no muertos) que descansan en las ostentosas y hasta abandonadas criptas de la Recoleta.

El lugar estaba concurrido por turistas y guías. Por eso mismo tome una de las calles paralelas y me perdí para sumirme en el silencio y pensar en lo que había escuchado.

No era la primera vez que escuchaba hablar sobre David Alleno quien, en aquel lejano 1881 comenzó a trabajar como celador del Cementerio. Pero si era la primera vez que escuchaba hablar de su fantasma.

Mis pasos retumbaban entre los pasajes y los pasillos de la necrópolis. Las criptas a mis costados estaban llenas de extrañas presencias. Muchas puertas abiertas incitaban a la curiosidad y al vandalismo (De echo me acorde de ese extraño acontecimiento de 1995, pero otro día profundizare en él). Mis pies se movían a inconscientemente. Mi mente los llevaba automáticamente a su destino. Visitar tantas veces ese lugar hace que te sepas ciertas ubicaciones de memoria. Fue cuando llegue frente a esa pequeña cripta donde en su entrada una escultura en relieve muestra a un muchacho con un equipo de jardinería a sus pies, había llegado a mi destino.

Señor Alleno, no sabía que había vuelto entre los muertos – Dije para mis adentros.

Cuenta la leyenda que este cuidador había quedado enamorado de este lugar. Atraído por cada una de las criptas, por la arquitectura, por la simbología y por cada una de las personalidades que ahí dentro descansaban. Dicen también que destino cada sobrante de su sueldo y una ayuda económica de su hermano a comprar una pequeña parcela en la necrópolis de la Recoleta. Luego construyo sobre ella una pequeña cripta y solicito los servicios del arquitecto Europeo  de apellido Canessa y una vez que su obra fue terminada inscribió en su epitafio: ”David Alleno, cuidador en este cementerio 1881-1910”, Nunca respondió las preguntas de las personas a las que le llamaba la atención que la leyenda tuviera dos fechas. Lo curioso fue que ese mismo día que la obra fue terminada renuncio a su puesta y se dirigió a su casa para ponerse un arma en su cabeza y jalar el gatillo. Finalmente, David volvió a su casa eterna elegida en vida situada en el emblemático Cementerio del Barrio de la Recoleta.

Había perdido la noción del tiempo. Cuando finalmente volví en mi me persigne y decidí abandonar el lugar. La Recoleta tenía otra historia que contar. Otro fantasma que conocer.

Matilde (Artesana): Escuche la historia de muchos fantasmas de este cementerio. Nunca había escuchado la de Aleno. Muchos hablan sobre la dama de blanco o sobre la enorme cantidad de gatos en el lugar. Una vez me ahijada me llevo a conocer esa tumba. Me había llamado mucho la atención. Ese tipo sí que estaba loco.

Marcos (Paseador de perros): Muchas cosas raras pasan acá (Señalo con su cabeza el muro de ladrillos). Una vez mi amigo vio a una chica vestida de blanco caminar entre las criptas cuando era de noche y el lugar estaba cerrado. Pero nunca vi a un hombre con la descripción que me das. Ni vivo ni muerto.

Natalia (Transeúnte): Acabo de sacar muchas fotos en el cementerio – me dijo mostrándome su enorme cámara profesional – una de ellas fue de la cripta que me nombraste. Conocía la historia y me llamo mucho la atención. No me extraña que el tipo aun estuviera por acá. Dicen que todos los que se matan quedan entre los dos mundos. Para mí la historia de su fantasma puede ser cierta.

Fue en ese momento cuando opte por el plan de buscar personalmente a ese fantasma. Aunque sabía que las posibilidades de verlo eran pocas. Luego de caminar sin sentido un par de horas y después de una larga visita a la librería del Shopping espere que la noche sea lo suficientemente avanzada como para salir en su búsqueda.

Estaba susceptible, no lo niego. El lugar estaba concurrido pero cierta aura de misterio flotaba a mi alrededor. Turistas caminando felices y buscando un lugar donde cenar o un Show para pasar el rato. Yo, en cambio, buscando un fantasma del siglo pasado!

Finalmente llegue a las puertas negras que separaban la ciudad de los vivos con la ciudad de los muertos. Tenía pensado quedarme ahí un rato. Me apoye contra la pared y dirigí mi mirada hacia su interior. El paisaje nocturno era misteriosamente hermoso. Cada cripta, cada escultura, cada cruz a la luz de la luna brillaba con un aura sepulcral. De vez en cuando abandonaba  mi posición para caminar unos pasos y encontrar otra para gozar de una nueva perspectiva. Al cabo de un rato, sucedió algo de lo esperado. La temperatura del aire bajo unos grados. El silencio de amplifico. Pero aunque buscaba incansablemente con ciertos nervios a mí alrededor no apareció ninguna figura humana o muerta. Al cabo de un rato emprendí el retorno a casa.

Mientras caminaba por Av. Las Heras no pude evitar pensar en mi entrevista con Cinthia. En su visión. En su fantasma. Ella había visto al fantasma de Aleno, de eso estaba convencido.

Subí al 37 rumbo a mi ciudad natal de Lanus. El colectivo estaba bastante lleno.  Tome un lugar estratégico para evitar los golpes de la gente al amontonarse. Saque mi celular del bolsillo y le conecte los auriculares (mis compañeros de aventuras). Los hechos del día aun flotaban en mi mente. La entrevista, la bóveda del Celador, las calles del cementerio, sus pasillos, sus bóvedas abandonadas, sus sarcófagos, sus muertos, sus vivos, sus fantasmas. Me sentía extraño, una sensación de frio me inundo el cuerpo. Pensé para mis adentros sobra la gran capacidad de la mente. El poder hacerte sentir algo con el solo recordarlo. Evanescence sonaba muy fuertemente en mis oídos y mis ojos cerrados trataban de sacar de una vez por todas aquellas imágenes de mi cabeza. El frio seguía. Seguramente habían bajado unos grados. Al cabo de un instante abrí los ojos y, como acostumbro hacer, echarle un ojo a cada pasajero del colectivo. Una pequeña familia iba sentada a un metro de mi ubicación. Una adolecente estaba observando su celular con cara de pocos amigos mientras que sus dedos se desplazaban pos su pantalla a una velocidad vertiginosa. Una anciana se dormirá en su asiento. Finalmente mis ojos se posaron en un individuo que se encontraba sentado en la última fila del bondi. Un hombre joven, pálido, con una camisa blanca y un moño oscuro. Un sombrero antiguo adornaba su cabeza. Era como sacado de otro tiempo. Cuando caí en cuenta cerré y frote mis ojos.  Al abrirlos solo había un hueco en los asientos del fondo. Es increíble cómo puede jugar la mente humana. Medio dubitativo me acerque al asiento libre y decidí sentarme en él. Lentamente aquella sensación fría abandonaba mi cuerpo. El colectivo de la línea 37 seguía su camino internado en la ciudad de Buenos Aires. Ciudad enigmática y fantástica por naturaleza. Cerré mis ojos rindiéndome al sueño. Lo último que pensé antes de caer en él fue una única oración, una única pregunta:

¿Y si la mente no jugo conmigo aquella noche?

Lo que había visto entonces no era otra cosa más que la realidad

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