La magia es una fuerza misteriosa que desde los albores de la historia se encuentra alrededor del ser humano. Ya desde los primeros hombres que en la lejana África primitiva, pensaban en los rayos de una noche tormentosa como señales divinas, y que dibujando en las rocas de las cavernas pictogramas que representaban sus cacerías, era una buena forma de traer buena fortuna a la caza y así poder asegurarse sus raciones alimenticias para que la tribu pudiera sobrevivir.

A través de los tiempos, desde antaño  hasta hoy, esta fuerza etérea se manifestó de muchas maneras: en el subconsciente colectivo de la oración, a través del uso de rituales o rezos específicos y en la invocación o en el uso de elementos.

Es prácticamente indiscutible de que la magia existe y es un tipo de fuerza que todos nosotros podemos aprender y utilizar y que sus usos y costumbres son usados por cada uno de nosotros aunque sea en forma inconsciente. Después de todo, para ir a un ejemplo bastante pequeño muchos piensan que cortándose el pelo en luna creciente genera que el mismo crezca mucho más rápido, o que algo tan inverosímil como pasar debajo de una escalera o romper un espejo pueda atraernos mala fortuna.

También sabemos que el uso de la misma siempre fue perseguida (principalmente por la iglesia católica y la inquisición) tildando a personas de brujos, y sin juicio previo ni posibilidad de defensa, miles de personas fueron sometidas a las peores de las torturas causándoles muertes aterradoras con el solo e inverosímil hecho de ser señaladas con el dedo.

La historia que hoy voy a compartir con ustedes, cruza la línea de lo racional y nos tele transporta al universo mágico. Donde los rituales y los hechiceros son parte de nuestro mundo.  Después de todo es corriente decir que los brujos no existen… pero que los hay, los hay.

Fue en febrero del año 2013 cuando surgió el rumor de una serie de extrañas matanzas de animales en la zona de la estación de Remedios de Escalada, donde en las inmediaciones de los talleres ferroviarios fueron encontrados una pequeña cantidad de perros extrañamente mutilados.

Este año, mientras caminaba por la estación, nuevamente escuche una historia acerca de un supuesto grupo de adolescentes que se juntaban a hacer extraños rituales por las noches en la zona de los talleres…

No pude evitar conectar el macabro hallazgo de unos años atrás con este comentario. Claro está que no hay una conexión segura pero valía la pena investigar. Fue en ese momento cuando me acerque al núcleo del acto y empecé a hacer preguntas.

Fabián: Yo trabajo acá en la zona y escuche algo acerca de estos pibes. Dicen que se juntan por las noches a tomar y a fumar marihuana y otras cosas. Nunca los vi porque trato de evitar la zona descampada de noche. El lugar es muy inseguro y no quiero tener problemas.

Aldana: Yo soy estudiante de la UNLa. Nunca escuche nada de esto. Lo que sí es seguro es que cuando vengo a cursar historia los sábados a la mañana generalmente veo porros y botellas en el suelo. Pero más que eso no puedo decirte ya que la misma universidad recomendó no usar el pasaje al costado de las vías durante el turno noche.

Los relatos no eran para nada contundentes y no hallaban ningún tipo de explicación más que un probable grupo de adolescentes rebeldes. Fue por eso que deje de un lado los interrogatorios y empecé a caminar por la zona. Aproveché  una mañana de sábado donde sabía que el lugar estaba bastante desierto.

Durante el recorrido entre la estación de Remedios de Escalada y la Universidad Nacional de Lanus solo encontré dos cosas que valieron la pena como para sumarle algún ingrediente a esta nueva probable historia sobrenatural. La primera fueron dos ratas muertas al costado del paredón de los talleres ferroviarios. Las mismas llevaban poco tiempo muertas y tenían un tajo bastante extenso en su estómago que las atravesaba de lado a lado. La segunda, y una poco menos macabra, fue el tenue olor a pasto quemado del lugar.

Como muchos de los habitantes de la zona y estudiantes de la Universidad  sabemos (Me incluyo como estudiante y doy fe en ello) los sábados por la mañana es común ver quema de pastizal en los terrenos aledaños a la al campus universitario, pero justamente ese mismo día, no se veía ninguna humarada levantarse hacia el cielo en los alrededores.

Aun las pruebas juntadas eran pocas y nada contundentes. Por eso mismo decidí que lo mejor sería tratar de hacer contacto con el relato. Por eso mismo espere a un viernes de Febrero cuando la universidad ya estaría abierta por el curso de ingreso y mi presencia en ella sería absolutamente desapercibida en el predio en horarios nocturnos.

Fue un viernes bastante fresco de verano cuando decido, alrededor de las diez de la noche, empezar (en forma bastante insegura e irresponsable) a caminar entre el estrecho pasaje entre la salida del predio universitario y la estación ferroviaria.

El lugar estaba tranquilo. Incomoda y sospechadamente tranquilo. Los alumnos rezagados ya preferían cambiar su recorrido para la vuelta a casa y eso me dejaba solo en esas casi tres cuadras de caminata. El silencio del lugar podía ser cortado por el ruido de mis pisadas o el pasar de algún que otro tren por el costado. Sabia, muy para mis adentros, que era una locura exponerme a semejante inseguridad. Pero el morbo y el terror atrapante fueron más fuertes esta vez. Por eso mismo camine hacia el tan famoso taller ferroviario y una vez allí me acomode entre la maleza a la escucha de algún sonido.

Fue alrededor de las once de la noche cuando el claro sonido del crepitar del fuego me saco de mi estupor nocturno. Levante la vista y una tenue luz anaranjada y danzante se asomaba del muro de ladrillo. Un mormullo se escuchaba del otro lado. Ninguna palabra completa o entendible llegaba a mis oídos. La temperatura había descendido uno o dos grados. Y las hojas y pastizales se mecían por una pequeña brisa nocturna. Sabía que el momento había llegado.

Empecé a bordear el muro y descubrí para mi alegría de que una pequeña grieta en él proyectaba la cálida luz de una fogata. Fue en ese momento cuando preso de mi curiosidad espié desde ese hueco para el otro lado.

Fue en todo caso algo extraño y sumamente irracional lo que llegué a vislumbrar del otro lado. Un grupo no menor de diez personas se encontraban alrededor de una fogata pequeña. Todos estaban en un silencio absoluto. Unas túnicas negras cubrían sus cuerpos y sus rostros. En ese momento, en ese horrible momento cuando supe en mis adentros de que la situación escapaba de la normalidad y que debía por mi propia seguridad alejarme de ese círculo macabro lo más rápido posible, uno de los encapuchados giró su cuello en mi dirección, provocando que mi respiración se cortara y mis músculos se tensaran.

Lo poco que recuerdo es que me moví en rápido silencio una distancia prudencial en dirección al puente levadizo de la estación de Escalada y una vez que llegué, empecé a acelerar mi ritmo.

Fue ahí arriba, cuando las vías estaban debajo de mis pies y el paisaje nocturno se mostraba ante el horizonte, que al girar una última vez la cabeza pude ver desde la altura una pequeña fogata ya extinta en donde hace unos minutos esa horrible visión me acompañaba.

Minutos más tarde ya en el transporte público y un poco más alejado del lugar empecé a pensar en todo lo visto. Un grupo de gente bastante excéntrica alrededor de un fuego bajo la protección de la noche. No pude evitar conectar esa terrible visión con las mutilaciones de animales que en forma tan desapercibida sucedió en el barrio. Las probabilidades eran pocas pero no podía evitar pensar en ello. Aún faltaba algo para que ese círculo cerrara en mi mente.

Fue una vez en la seguridad de mi domicilio, cuando saqué mi celular del bolsillo, sucedió lo irracional de este relato… se encontraba apagado y cubierto de un espeso y frio líquido, que no tarde en asociar a la sangre, junto a él reposaba en mi bolsillo, aparecido como por arte de magia, el cráneo de algún pájaro que me observaba con cuencas inexpresivamente vacías.

En ese instante supe que este grupo tan extraño eran más que simples adolecentes o seguidores de algún tipo de extraña religión. Esa noche de febrero había hecho contacto con algo que pocos conocemos como un grupo de brujos o adoradores de extrañas y ancestrales deidades de la naturaleza. Esa obscura noche había presenciado un aquelarre.

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