Vampiros en Pompeya, Capital Federal.

Era una noche primaveral de Octubre alrededor de las tres de la mañana. El insomnio me mantenía despierto y obligo ir a hacer un poco de zapping en la televisión. Vivía uno de esos momentos donde nos preguntamos a para que contratamos un servicio de cable si nunca se engancha una buena película ya sea porque pasan cualquier cosa o lo que verdaderamente puede valer la pena esta empezado o, en mi caso, doblado a un horrible castellano.

Odio no poder conciliar el sueño. Más aun cuando sé que tengo que hacerlo por algún motivo de fuerza mayor o algún tipo de acontecimiento que me obligue a madrugar el día siguiente. Pero más aún detesto el silencio de la noche y todos los recuerdos y memorias que pueden venir a un cerebro cuando, en la oscuridad del cuarto, se obliga uno mismo a dormir.

Fue alrededor de las cuatro cuando mi celular hizo un pequeño sonido de recepción de correo. Asegurado de que seguramente era un mensaje de SPAM invitándome a comprar algún tipo de promoción con descuento o invitándome a algún acontecimiento que se da en algún otro lugar del planeta me estire al pequeño equipo que titilaba desde una mesita de lectura cercana y me dispuse a leer un mensaje que venía directamente desde el formulario de contacto de la página web. Mi primera reacción fue de extrañeza. Una vez leída la totalidad del mensaje la sensación fue muy diferente.

La primera y última vez que me encontré con Martin fue en un barcito que se encontraba sobre la Av. Sáenz en la intersección con la Av. Rabanal (Ex Roca). No fue difícil reconocerlo por su marcado look gótico.

Una vez en el bar ocupando una de las mesas que dan contra la avenida el comenzó su relato.

– Lo que te voy a contar pasó el domingo a la madrugada. Yo recién bajaba del Bondi. Venia de un boliche del centro. Venía con un amigo. Él estaba medio en pedo pero yo no había tomado nada. Bajamos acá a dos cuadras. Justo en la  esquina de la iglesia. – Sus ojos mostraban cierto nerviosismo al recordar el relato y sus movimientos corporales bastante incomodidad – y empezamos a caminar para casa. Vivo a unas 6 cuadras de ahí y como quería que Jesús no llegara tan escabiado lo hice tomar aire. Fue a dos cuadras donde “LO VI”.

Martín realizo una pausa y tomo unos sorbos de su exprimido de naranja. Yo aproveche para saborear un poco el cortado que me había pedido. Luego de unos instantes hizo un gesto de concentración. Cerró un poco los ojos como para poder hacer fuerza para remover las escenas en su cabeza y prosiguió con su relato:

–  Era de noche aun. Casi las cinco de la mañana. Las calles estaban vacías y casi no pasaban autos. Yo fui quien lo vio primero. Era un tipo de negro. Encapuchado. Con una de esas túnicas negras que están en las películas de terror. Estaba arrodillado frente a un mendigo que estaba durmiendo. Muy cerca. Al principio pensábamos que le estaba afanando algo. Pero cuando eso se percató de nuestra presencia nos miró a cada uno directamente a los ojos. Y créeme que fue tan grande el cagazo que nos pegamos que no podíamos ni movernos. Su piel era blanca y brillaba en la noche. Sus ojos eran negros. Su pelo estaba sucio y lleno de tierra al igual que su extraña ropa. Pero sus labios fue lo que más nos impresiono. Estaban llenos de sangre. Tenían tanta sangre que hasta caía en el piso desde sus labios.

El joven que tenía delante se quedó mudo. Su silencio demostraba que quería algún tipo de devolución. Que le digiera que estaba loco o no. Su mirada estaba turbada por su tétrico recuerdo. Fue en ese preciso momento cuando recordé una leyenda similar que llego a mí hace unos años atrás. También sobre una extraña criatura de rostro ceniciento que atacaba a una de sus víctimas drenando su sangre. Mi mente volvió al presente frente a ese chico nervioso expectante.

Fue en ese momento cuando le explique aquel acontecimiento y le pronuncie la palabra clave: VAMPIRO

Martin inclino la cabeza con una pequeña sonrisa y prosiguió.

– Eso mismo es lo que pensábamos los dos. Al cabo de un instante apareció niebla de la nada y esa cosa desapareció. Del cagazo salimos corriendo y en un abrir y cerrar de ojos estábamos en mi casa.

Ahí di por entendido de que el adolecente había terminado su relato. Luego de un rato y una charla sobre criaturas sobrenaturales Martín observo por la ventana y mostro cierta preocupación. Al ver que el sol bajaba entre los edificios y empezaba a proyectar la sombra del anochecer decidió dar la entrevista por finalizada e ir para su casa. Yo, en cambio, preferí esperar un poco y averiguar más.

Las primeras cuadras de la Avenida Sáenz luego de cruzar el puente están atestadas de locales de todo tipo, vendedores ambulantes, millares de personas y cientos de vehículos que continuamente se dirigen o vuelve de Capital Federal. La Iglesia del Rosario de Nueva Pompeya de estilo neogótico es uno de los edificios emblema de la ciudad. Con su primera piedra bendecida y colocada para su construcción en el año 1896 la categorizan como una de las construcciones más antiguas de la zona. Fue a su sombra donde decidí tentar a encontrar algo más que reforzara este relato.

Edelmiro (Vendedor ambulante): Hay gente muy loca por acá. Muchos chicos se la pasan chupando y fumando cosas raras. Una vez a uno trato de cagar a tiros a una mina que no le quería entregar la cartera. Pero que se chupen la sangre entre ellos. ¡Eso no me lo creo!

Fernanda (Transeúnte): Una vez escuche lo del ataque a una anciana de la zona. Dicen que le habían sacado toda la sangre. Seguro se referían a su jubilación (La señora mostro cierto sarcasmo). Pero ese tipo de cuentos no me los creo. Seguro fue un cuchillazo y para hacerse ver o asustar a algún testigo no tuvo mejor idea el asesino que llenarse los labios de su propia sangre. O quizá era un loco. Pero vampiro… ¡eso nunca!

Fue cuando esta extraña mujer se alejó de mi cuando un anciano bastante extraño toco mi hombro y me indico que lo siguiera. Su aspecto era dejado. Un hombre entrado en años con bastante olor a alcohol en sus vestimentas. No sé por qué, pero decidí acompañarlo. Cruzo la calle y luego el Metrobus y una vez en la plaza tomo asiento en el suelo alejado de los grupos de personas que caminaban entre paradas de colectivo sin casi prestar atención al entorno donde estaban. Cuando tomé asiento en el piso enfrente del anciano me pidió que le contara porque estaba preguntando por un extraño hombre de blanco. Su aliento era fétido y apestaba a alcohol. Con cierta incomodidad le repetí la historia. Desde lo que había pasado hace unos años hasta lo visualizado por mi entrevistado hace unos días. El anciano, que se hizo llamar Felipe, sostuvo una extraña carcajada y luego me contó algo bastante curioso.

Felipe (Testigo): Seguro era uno de esos vampiros. Hay dos o tres por acá. Es jodido verlos. Acostumbran atacar a los que estamos en la calle como yo. Son muy rápido y siempre andan de negro. Yo puedo apestar pero ellos… ¡No tenes una idea! Encima están llenos de tierra.

Felipe saco una pequeña botella envuelta en una bolsa. Tomo un trago y siguió su historia.

Felipe (Testigo): Yo sé dónde se ocultan los muy desgraciados. Debajo de esa iglesia. Es muy vieja y seguro tiene algún túnel o catacumba que nadie sabe dónde está. Varias veces los veo entrar antes del amanecer. Algunos escalan hasta el campanario como si fueran cucarachas. Otros se hacen humo y se meten por la puerta. La gente no sabe nada y siempre te lo van a negar.

Luego de semejantes palabras no pude más que dar las gracias y emprender la vuelta. La catedral estaba cerrada a cal y a canto y la noche amenazaba poderosamente. Me maldije por haber dejado mi crucifijo en casa.

Ya en el 179 camino a Lanús y Provincia no pude evitar ver cierto paralelismo con la historia del supuesto vampiro de la colonia (Mencionada antes en la página y compartida con ustedes). Un ser milenario que se alimentaba de los vivos y vivía en los laberínticos subterráneos de la Ciudad. Después de todo. Nadie sabe lo que puede haber debajo de las calles de Nueva Pompeya. Qué clase de criatura puede arrastrarse debajo de nuestros pies. Qué clase de criatura nocturna puede surcar los cielos y refugiarse del día en aquel campanario o en lugares abandonados y olvidados. Lejos de la luz del Sol.

Recordé que según los relatos los vampiros preferían tener sus ataúdes en grandes salones o criptas con piso de tierra. Por lo menos muchos escritores y directores de cine me lo hicieron creer.

Cruzado el Riachuelo y sintiéndome de cierta manera fuera del alcance de esas supuestas criaturas recordé un párrafo del famoso relato “El Ceremonial” de H. P. Lovecraft que aunque no trate sobre vampiros igual lo compartiré con vos. Mi querido amigo y lector.

“Las cavernas inferiores -escribió el loco Alhazred- son insondables para los ojos que ven, porque sus prodigios son extraños y terribles. Maldita la tierra donde los pensamientos muertos viven reencarnados en una existencia nueva y singular, y maldita el alma que no habita ningún cerebro. Sabiamente dijo Ibn Shacabad: bendita la tumba donde ningún hechicero ha sido enterrado y felices las noches de los pueblos donde han acabado con ellos y los han reducido a cenizas. Pues de antiguo se dice que el espíritu que se ha vendido al demonio no se apresura a abandonar la envoltura de la carne, sino que ceba e instruye al mismo gusano que roe, hasta que de la corrupción brota una vida espantosa, y las criaturas que se alimentan de la carroña de la tierra aumentan solapadamente para hostigaría, y se hacen monstruosas para infestarla. Excavadas son, secretamente, inmensas galerías donde debían bastar los poros de la tierra, y han aprendido a caminar unas criaturas que sólo deberían arrastrarse.”

 

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