Parálisis del Sueño, Historia de Buenos Aires.

Alejandra se despertó esa noche. Vio el reloj con temor. Los brillantes números rojos marcaban las cuatro de la mañana. Sintió ganas de ir al baño mientras refunfuñaba por haber tomado tanto líquido antes de acostarse. El choque de la temperatura de la cama con lo del resto de la casa era más que considerada y no quería sentir ese frio invernal. Era el mes de Julio, y los inviernos en El Jaguel son realmente fríos para ella. Maldiciendo para sus adentros sabía que iba a tener que levantarse y caminar por el largo y frio corredor del primer piso hacia el sanitario. Intento moverse, levantando primero el pie izquierdo y luego el derecho. Pero era en vano. Había perdido el control de su cuerpo. Ella empezó a sudar. Ella sentía lo que venía nuevamente. había sufrido lo mismo las otras noches. Levanto su mirada en la oscuridad del cuarto y allí estaba. Esa malsana silueta obscura. Como la mismísima negrura absorbiendo el resto de la noche. Más cerca que la vez anterior. Intento gritar con todas sus fuerzas y fue en vano. Sus lágrimas brotaban de sus ojos incontrolables. Solo restaba esperar.

Fue hace unos meses cuando recibí en mi casilla de correo una consulta que encerraba una historia bastante curiosa. La misma era sobre una adolescente que sufría algo que muchos nosotros conocemos (y también sufrimos) como Terrores Nocturnos. Los mismos son reconocidos por la medicina moderna y por la parapsicología por diferentes motivos. No pude evitar el impulso de ponerme en contacto con ella y concordar una entrevista.

El restaurante y pizzería La Diva es una de los lugares más concurridos y con mayor prestigio de la zona. El mismo se encuentra en la Av. Hipólito Yrigoyen  al 4599 y por el lugar transcurren cientos de personas al día. Fue en ese lugar donde una tarde de miércoles me senté a escuchar la historia que esta pobre víctima de los terrores nocturnos tenía que darme.

Alejandra: Al principio esa cosa me observaba por las noches. No se me acercaba. Investigue del tema y es algo completamente normal dicen. Yo no le prestaba atención pero me cagaba en las patas. La primera semana fue así. Me miraba desde los pies de mi cama. Lo peor fue lo que paso después. Durante la segunda semana de soñar cada noche con lo mismo “sombra” – los ojos de la chica empezaron a pestañear rápidamente con movimientos nerviosos – empezó a acercase a mí. Era una situación horrible porque mis padres no podían brindarme ayuda y yo empezaba a tratar de mantenerme despierta por las noches para o verla. Fue la décima noche cuando paso lo peor. Lo recuerdo perfectamente. Había cerrado mi habitación con llave y me puse a ver la televisión.  Estaba haciendo zapping evitando programas y películas de terror. Mis ojeras estaban muy marcadas por el poco dormir. Estaba absolutamente despierta. Fue a eso de las tres de la mañana cuando me pareció escuchar pasos en el corredor del otro lado de la puerta. El corazón se me detuvo en un instante. No sabía como pero esa cosa estaba del otro lado. Esa cosa quería entrar en mi habitación. Muerta de miedo intente saltar de la cama pero no mis pies ni mis brazos me respondían. Estaba inmóvil de la misma forma como cuando estaba dormida pero esta vez estaba despierta. Fue terrible. Mis ojos giraron nuevamente hacia la puerta. La llave empezó a girar sola y la soga se había soltado misteriosamente. Intente cerrar los ojos pero esa cosa no me dejaba hacerlo. La muy maldita oscuridad quería que la viera a sus ojos. La puerta se abrió y esa sombra entro. Se acercó rápidamente y tendió un brazo hacia mí. Fue cuando sentí un frió terrible cuando pude gritar con todas mis fuerzas. La criatura, el fantasma, lo que sea ya no estaba cuando mis viejos pasaron por la puerta y asustados me tomaron entre sus brazos. Ellos vieron mi miedo y tomaron cartas en el asunto.

Al día siguiente hablaron conmigo y me recomendaron salir unas noches de la casa e irme a lo Josefina. Una amiga de la infancia. Me recomendaron no contarle de todo el motivo del favor. También me llevaron a lo de un curandero llamado Juan. Fue extraño ya que era una persona no creyente de esas cosas. El me vio largo y tendido. Me dijo que comprara unas velas, unos jabones y una especie de perfume. Que hiciera como un ritual cada vez que me bañara. En sus ojos vi preocupación pero no pude sacarle nada. Era como que no quería contarme algo. No puedo saber qué y quizá lo mejor sería que nunca lo sepa. Desde hace días que no vuelvo a mi casa. Sé que mis viejos rocían las paredes de la casa con un líquido extraño que este Juan les dio – Los ojos de Alejandra empezaron a humedecerse al recordar el miedo vivido – y no sé cuándo estaré en condiciones de volver y enfrentarme a ese lugar que por años fue mi habitación.

Mi café me miraba frió desde la mesa del restaurante. La historia de esta chica me había atrapado. Sus ojos demostraban un miedo familiar. Sus ojeras apenas se asomaban en su semblante luego de muchas noches de haber descansado. Sus ojos,  aún tenían ese tick nervioso de abrirse y cerrarse rápidamente. Parte de mi quería buscar la forma de ayudarla y de poder entender mas  lo sucedido. Un motivo personal me impulso a pedirle autorización de visitar el lugar y poder, por vez primera, seguir un caso paranormal para llegar a hacer, en la posible medida, un contacto con lo fantástico y sobrenatural.

Fue a la mañana siguiente donde yo, Matías Ferri, me involucre personalmente en esta, para mi, difícil investigación.  Cuando Josefina, la amiga de mi contacto, me acompaño a entrar a la casa no pude evitar sentir un extraño escalofrió. El lugar estaba desierto y el silencio era sepulcral. Era como si no solo ese espacio sino la totalidad del barrio hubieran complotado de forma maliciosa para que haya ningún sonido salvo el de nuestros pasos. Yo tome la delantera y fui en dirección a la escalera mientras tanteaba en forma inconsciente el crucifijo dorado de mi cuello. Los escalones eran de roble oscuro y un extraño perfume embriagador  que me recordaba a la flor de Azahar flotaba en el lugar. La larga escalera estaba en penumbras mostrando una cima oscura y desafiante. Prendí la luz al llegar al rellano y pise el mismo corredor que me habían descrito la tarde anterior. El aire era espeso, terrorífico y sobrenatural.

Lo peor fue cuando entre a la habitación. La misma estaba perfectamente ordenada. Unas velas consumidas acompañadas de estampas religiosas le daban al lugar un aire sombrío. Cerré mis ojos y no fue difícil sentir que ese lugar era diferente al resto de la casa. El aire era un poco más frió. La atmósfera era pesada e incómoda. No podía dejar de sentir como que me estuvieran mirando sigilosa y celosamente desde un rincón. Fue cuando una ráfaga de aire glacial atravesó mi estómago confirme mi teoría de que ese ataque no era un Terror Nocturno sino algo mucho peor. No estábamos los dos solos en esa habitación. Sentía alguien más. Algo invisible y no sé porque, malvado en dirección a los pies de la cama. La sensación fue horrible. Espantosa. Parte de mi sentía que estaba mirando a los ojos a esa extraña sombra que ahora no quería hacer acto de presencia.

Josefina y yo salimos de la casa y nos despedimos. Aun necesitaba un relato más. Una pieza para cerrar este rompecabezas. Fue por eso mismo que luego de casi cuarenta minutos estaba en el consultorio de este famoso Juan quien, hace unos días, había ayudado y aconsejado a Alejandra para escapar y ahuyentar, aun en vano, a esa maldita entidad de su casa.

El fue muy receloso. Era como tratar de averiguar sobre un paciente entrevistando a su analista.

Juan: Hay cosas que están más allá de todos nosotros. No todos pasamos a los planos que nos corresponden cuando abandonamos nuestros cuerpos. Hay gente buena pero también hay gente mala y lamentablemente la mala es la que una vez muerta tiene más poder en este plano cuando no se quiere ir. Lo que le paso a esa pobre chica es un ataque de una fuerza oscura. Hoy en dia sus padres están luchando contra ese espectro (por llamarlo de alguna forma) pero es una batalla larga y con pocas posibilidades de éxito. Lo que hay en ese cuarto es muy poderoso. Es como una fuerza que emana de esas maderas del piso y flota sofocada mente haciendo daño a los que la percibimos. Sé que estuviste ahí y sé que también lo sentiste. Veo cosas en vos. Veo un sufrimiento y miedo similar. – Juan me miraba fijamente y con aire preocupante desde atrás de su escritorio – Por suerte lo que vos viviste hace unos años está dormido. Aun no termino y quizá en algún momento vuelva. Pero vos Matías, a diferencia de ella tenes ciertas resistencias a ese tipo de cosas.

Fue en ese momento, cuando yo me quedé perplejo ante las palabras de este hombre, él se levantó y me abrió la puerta de su despacho tenue y lleno de figuras religiosas.

-Yo les recomendaría a ambos no volver a ese lugar, por lo menos hasta que esa fuerza este dormida o extinta – La mirada tranquila del parapsicólogo se posó en la mí – Y otra cosa Matías. Cuando esa sombra nuevamente se haga presente en tu vida. Podes contar conmigo.

Una hora después me encontraba nuevamente en el tren con destino a Plaza Constitución. Había hablado con Alejandra por teléfono y le recomendé quedarse en lo de su amiga unos días más (Preferí no decirle más).

Fue entre las estaciones de Turdera y Temperley, esa parte del trayecto donde el despoblado hace una división extensa entre ambas estaciones, un horrible recuerdo personal me azoto como con un látigo en mi cabeza generando un incómodo frió en mi corriente sanguínea.

Fue hará cosa de dos años, una horrible semana donde mi sueño se vio modificado por una Escalofriante pesadilla. Cada noche una sombra negra aparecía en sueños en mi habitación. Yo me despertaba generalmente a la misma hora. Sentía algo extraño. Algo que me miraba desde la oscuridad del otro lado del cuarto. Una silueta oscura como la muerte se hacía presente a los pies de mi cama y, cada noche, se acercaba un poco más. Fue también en la décima noche (Cuando al igual que Alejandra yo ya evitaba dormir y tener contacto con cosas que adulteraran mis nervios) esa malsana sombra extendió su mano hacia mí y la poso fuertemente en mi cuello. Un frió horrible me hizo gritar y saltar de la cama. Eso no lo había soñado. Parte de mi estaba convencido de ello. El cuello aun me dolía con un extraño frió real aun en él. Cuando prendí la luz sobre la mesita de mi izquierda, jure no volver a dormir esa noche y consultarlo con un para-psicólogo ese mismo día. También jure ponerme un crucifijo alrededor del cuello antes de que llegue la noche siguiente.

Pero el resto… eso ya es otra historia.

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