«La emoción más antigua y más intensa de la humanidad es el miedo, y el más antiguo y más intenso de los miedos es el miedo a lo desconocido».

H.P. Lovecraft

Era la noche del 24 de diciembre del año 2015. La noche que muchos de nosotros conocemos como Nochevieja, Nochebuena o la víspera de Navidad. Una fecha que antaño portaba un significado muy diferente al actual.

Para antiguas civilizaciones era la noche del solsticio de invierno. Una fiesta pagana que el hombre celebraba cuando la civilización era mucho más joven y donde se creía que un espíritu de buenos augurios descendería de los cielos e ingresaría en los hogares para dejar prosperidad y buenas cosechas.

Para Lucas, esta fecha era sinónimo de desasosiego, oscuridad y muerte. Fue aquel mismo día pero un año anterior cuando Micaela, su amada, sufrió un accidente automovilístico lo suficientemente fuerte para que perdiera su vida en el acto. Ella murió aquella Nochebuena y parte de su novio también dejo de existir.

Como todo mes aniversario de su deceso, el joven enamorado visito la antigua cripta familiar en el Cementerio Municipal de Almirante Brown. Ubicado sobre la calle Falucho al 1847 en Rafael Calzada.

El pequeño recinto donde descansaba el oscuro y nefasto féretro estaba ubicado a unos pocos metros debajo del nivel peatonal del Cementerio. La cripta, que se encontraba protegida con una puerta de madera maciza que daba lugar a unas frías escaleras de material, custodiaba desde hace varias generaciones a la familia de la mujer que amaba.

El muchacho perdió la noción del tiempo. Esa tarde había comprado rosas para Mica. Había cruzado la calle y camino para la parte antigua del camposanto. Tomo la llave metálica y abrió la tumba.

Una vez dentro. Sentado en una silla que desprendía un olor a encierro y observando el cajón de roble macizo, la cruz plateada que portaba un Jesucristo en su tapa y las tétricas agarraderas a sus costados se sintió preso de una extraña hipnosis.

Había algo en el lugar que se quería comunicar con él. Había un aroma dulzón en el aire, una voz que flotaba en la pesada y gélida atmosfera cadavérica del recinto mortuorio. Decidió quedarse quieto, abrir sus sentidos y escuchar ese misterioso susurro.

Lucas estaba asustado y al mismo tiempo embelesado. Noto, de a poco, que el olor fuerte era el perfume que su amante utilizaba en vida. Era la misma fragancia que él le había obsequiado.

Y la voz, la fina y apenas audible voz portaba el timbre mágico y místico de la chica cuyo amor le había entregado por completo.

Las horas pasaban. El chico, a escasos centímetros de esa oblonga caja no notaba como la luz que entraba por la pequeña rendija empezaba a tornarse del rojo tornasolado del atardecer.

Cuando cayo en cuenta y ese extraño hechizo lo soltó descubrió que la noche había caído en su totalidad.

El joven se encontró en la penumbra de la noche. En el abrigo de la oscuridad fría de la tumba. En el silencio del Cementerio vacío. Se sintió observado. Como si las cuencas carentes de globos oculares ya hechos polvo de los habitantes de cada cajón de frio recinto lo estuvieran mirando a través de sus lechos eternos.

El joven prendió su celular. Eran alrededor de las tres y cuarto de la mañana. Se sintió abrumado y horrorosamente perturbado. No entendía como el tiempo había pasado de esa manera. Pensaba si acaso se habría quedado dormido en esa silla de madera aterciopelada y llena de moho.

Una vez en si. El terror se apodero de cada centímetro de su cuerpo y fibra de su corazón.

Palpo a ciegas la antigua llave en su bolsillo. Vio la pantalla tenue de su celular y para su terror descubrió no solo casi una nula batería sino que la señal telefónica era inexistente. Allí, bajo la tierra negra y alimentada de la muerte y los fluidos de la carne en descomposición apunto con su pantalla la salida de la cripta.

Ubicada la escalera de blanco material la subió lentamente. Los metros hacia la superficie eran pocos. Pero el terrible coctel de sus nervios, la negrura y el olor de la muerte lo hacían subir muy despacio.

Ubicada esa puerta poderosa que lo separaba del mundo de los vivos y con la ayuda de su pequeña linterna portátil ingreso la llave en la cerradura.

No fue el que esta no abriera la puerta. Ni el extraño calor que sentía en el antiguo pomo de hierro de la entrada que parecía en aumento lastimándole la piel. Sino un olor que leve y terriblemente se materializo en el recinto. Sus fosas nasales detectaban un fuerte olor a azufre y putrefacción.

Al perder prácticamente su sentido visual aguzo rápidamente los restantes. El olor era nauseabundo e invasivo. Respirarlo lo sentía pesado y enfermizo. Pero luego de unos segundos el malsano hedor quedo atrás. Un ruido lento y terrible sonaba desde la oscuridad inferior de la cripta.

Era el inconfundible y terrible, el horrible y espantoso sonido de una o varias pesadas cajas de madera moverse como si las desplazaran lentamente de forma demoniaca. Luego, el sonido inconfundible del girar de varias perrillas metálicas. Perillas que sellaban los féretros permitiéndole a su eterno ocupante reposar en la absoluta oscuridad entre paños almhoadonados y blancas mortajas. Telas que allí abajo. En ese momento. Seguramente destilaban descomposición.

Finalmente, lo peor. El inconfundible sonido de una caja abrirse. Alguien o algo había abierto un ataúd ahí debajo. No fue este sonido el que desmayo a Lucas ahí dentro. Sino el de los inconfundibles tacos de su amada Micaela resonar desde la cámara pétrea acercase hasta él.

Desde el nacimiento de las civilizaciones hay una famosa leyenda. Se dice, pues, que cada ciudad importante del mundo dispone de seis puertas. Seis puertas que en la hora maligna de la noche pueden abrirse y desatar la maldad sobre la tierra. Portales que mayoritariamente se encuentran ante los ojos de todos los mortales pero, por algún motivo u otro, no los abrimos en los lugares y momentos adecuados.

Si fueran abiertos, engendros terribles y alados. Invisibles a nuestros ojos mortales se soltarían entre las calles. Entrarían en nuestras casas y sembrarían en ellas maldiciones y embrujos que las harían inevitables y matarial de forma horrible e indescriptible a sus ocupantes.

Buenos Aires. Obscura, mítica, poderosa y titánica por excelencia. Dispone de estos seis portales. Seis Accesos negros que deberían de estar cerrados con pesadas cadenas. Protegidos por toda clase de embrujos y sortilegios para que nadie jamás se podría acercar a ellos. Seis malditos pasajes al infierno que cada año misteriosamente guiados por una fuerza poderosa y malsana cambian de lugar con el único propósito de que al cambiar su ubicación, quizá, alguien accidentalmente o fuera de su sano juicio los pudiera abrir.

Continuara…

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